4.3.13

Are we humans, or are we dancers?

Lo peor es darse a las circunstancias cuando no puedes darte a otra cosa. Pero lo mejor es bailar con las circunstancias cuando no puedes bailar con otra cosa. Porque, si "yo soy yo y mi circunstancia", como decía Ortega y Gasset, poco sentido tendría enfadarse o luchar contra uno mismo, ¿no? Es autodestructivo. Es insano. Es lo último.

Y supongo que en eso reside ser optimista. No es alejarse de la realidad hasta el punto en que te ciegas por un velo de color y sólo ves lo que te interesa ver. Ser optimista consiste precisamente en aceptar tanto lo bueno como aquello que llamamos "malo", y comprender que lo malo no es malo, sino circunstancial. Una circunstancia con la que nos toca vivir en determinado momento y lugar, de determinada manera. 

La única cosa "mala" es morir, porque no puedes darle solución y en la mayoría de los casos no está en nuestra mano. Lo demás son imperfecciones de la pista de baile a las que hay que amoldar el pie.

1.3.13

Pequeño navegante de historias.



            —¡No pueden alcanzarnos, maldita sea! –bramó. El oleaje les mecía cada vez con mayor brusquedad bajo aquella atmósfera aborrascada intentando echarlos de su territorio o destruirlos antes de que lo hicieran ellos mismos.

            Manejaba el timón con fuerza y decisión, llevando el barco a babor sin dudarlo un instante mientras era consciente de que otra embarcación estaba a punto de colocarse a su altura a estribor listo para el ataque. Tal vez aquello sólo era alargar la agonía y debían enfrentarse de una vez por todas en una lucha cuerpo a cuerpo contra aquellos piratas, pero el capitán jamás se rendiría tan pronto. Cuanto más ilesos salieran sus hombres de aquella batalla, mejor; y cuantos más hombres sobrevivieran a aquella batalla, mejor. El cielo tronó amenazador sobre sus cabezas, y no tardó en descargar sus aguas en aquella bélica escena, como si quisiera complicar más las cosas. Agua sobre agua. Ira sobre ira.

            —¡Al abordaje! –pudieron escuchar los marineros en popa.

            Pronto, los hombres se habían colocado en posición con sus espadas en alto y recibían a los visitantes con contundentes estacadas. No luchaban como los más distinguidos espadachines del reino, pero luchaban como los más distinguidos supervivientes del mar en una época donde muchos vivían de las vidas de otros, lo cual les proporcionaba cierta experiencia.

            —¡Cuidado, Donovan! ¡Donovan! –chilló uno de ellos a su compañero.
            —¡No me distraigas! ¡Estamos en medio de una batalla!
            —¡Le vas a dar a tu madre, idiota!

            El joven retrocedió un par de pasos buscándola con la mirada y su espalda topó con el vientre de la mujer, que llevaba un brazo en jarra y el otro sosteniendo una cesta.

            —Vamos, pequeño Francis Drake, que vas a coger un buen catarro –tenía aquella media sonrisa que la hacía parecer divertida y severa a la vez.
            —¿Francis Drake? ¡No, mamá! ¡Él era un pirata! ¡Yo seré un marinero honrado!

            Ella rió de aquella manera tan suave que la caracterizaba, echando la cabeza hacia atrás.

            —Ay, cariño, si todos pensaran como tú… la honradez ha sido el peor virus de muchos navegantes –torció la cabeza con expresión tierna-. Vamos, entra en casa –el pequeño hizo un gesto a sus compañeros a modo de despedida antes de soltar el palo que usaba a modo de estoque- y vosotros deberíais hacer lo mismo, muchachos, vuestras madres se pondrán furiosas si llegáis empapados a casa.

            Los chicos asintieron y desaparecieron como alma que lleva al diablo, alejándose mientras corrían de aquella céntrica placita y perdiéndose entre carcajadas por las pequeñas callecitas de la ciudad.

            Dentro, Donovan se había sentado frente a la chimenea rodeado por una manta de borrego mientras fijaba sus profundos ojos azules en el caliente crepitar. Era el único lugar donde agua y fuego eran compatibles: cuando éste se reflejaba en el mar de sus ojos.

            Su madre se sentó en el suelo de madera junto a él, con una mano tomó con ternura el rostro de su hijo y le dio un beso en la cabeza, acariciando después con los labios aquella seda negra que tenía por cabello. En momentos como aquel, cuando ambos extendían las manos y sus mofletes ardían en comodidad, parecía que nada en el mundo pudiera ir mal. Y es que de hecho, el pequeño mundo de Donovan giraba en torno a cuatro cosas esenciales: sus padres, su pueblo, sus amigos y el mar. Esa era toda su felicidad.

            —Mamá, ¿crees que lo conseguiré, que seré un gran marinero?
            —Cielo, no dudo que lo conseguirás si de verdad es lo que quieres… pero la vida da muchas vueltas y hay muchos oficios. Ese es muy peligroso.
            —Pero si papá y tú siempre andáis relatando historias del mar.
—Tal vez por eso tenemos miedo: porque sabemos demasiado.
—Bah –bufó- además, hay una que nunca has terminado de contarme.
            —¿Cuál? –acarició cariñosamente su pelo.
            —La tuya.

            Esbozó una media sonrisa.

            —Está bien. Coge un trozo de pan… -se asomó al pie de las escaleras- ¡Nicholas, baja, zarpamos!


31.1.13

Stormraider.

Déjame nadar en tu ausencia más llena, en tu olor más presente.
Seamos la contradicción del cielo, la pesadilla de este suelo;
el aroma de la calma, el susurro más vivo de la duda más inerte,
déjame volar mientras las calles están vacías y el miedo ausente.

Méceme en tu invierno traicionero, en tu sueño de balbuceo incoherente.
Enrédame en el vaivén de tus secretos, en lo más grande de un mensaje escueto;
en un silencio menos mío, en nuestro dulce arrullo impaciente,
y enséñame a operar la ecuación de estos corazones que no mienten.

Seamos el mejor arpa del Sáhara, el mejor viento de enero,
las ciudades fortificadas, la magia de aquellos que sienten,
la escritura viva, la respiración agitada, el alma inquieta,
seamos el tiempo que vuela.

Y si tenemos que ser,
o no ser,
o ser sin ser
o sin ser, ser,
sea como fuere,
fuere como sea,
seamos tormenta.




16.1.13

Cosy.

Encaramada al mar como estaba, dejó su pelo al aire mientras susurraba al viento con aquella infantil sonrisa, que un día de otoño le había robado su miedo al invierno. Que se lo había arrebatado a golpe de caricia, y que sus latidos naranjas se habían enredado en su pelo de fuego. Había descubierto cómo burlar el falso sol de diciembre cubriendo a carcajadas aquel cielo que le hacía cosquillas en el costado, rasgando el silencio con las palabras de un universo oculto entre canción y canción, y guardando entre las sábanas los secretos de un océano de nubes.

Había descubierto entre las cosas más comunes, la cosa más excepcional.

7.1.13

Soulmate.

¿Y si esa persona que ahora significa todo tu consciente, estuvo alguna vez, durante mucho tiempo, almacenada en tu subconsciente?

Las personas son como libros. Libros ocultos entre otros libros en bibliotecas repartidas por todo el mundo. Podrás conocer "los mejores", "los más famosos", "los más vendidos", "los más recomendables", pero un día repararás en el lomo o la portada de uno que llevas años mirando y nunca has leído. O te lanzarás a por el que parecía estar llamándote desde que posaste tus ojos en aquella estantería. Pasarás las páginas y terminarán de escribirse según tu mirada acaricie sus páginas. Te verás descrito en sus hojas. Será tu libro. Y, de alguna manera, contará tu historia como tú contarás la suya.

22.12.12

Blessed.


Maldita tu manía de colarte entre mis palabras y robármelas una a una con ese mar en calma.  Maldito tu mar por alborotar mi café, y maldito mi café por querer ser bebido por tus labios.  Malditos tus labios por susurrar azul en mis oídos. Malditos mis oídos por estremecerse en tu melodía. Maldita tu melodía por buscar los acordes en mis suspiros, y malditos tus suspiros por jugar con las ideas de mi pelo. Maldita la idea que tuvieron tus brazos de buscarme la primera vez. Maldita la primera vez que decidí que aquella cárcel era libertad.

Malditas mis ganas de no echarte de menos.
Malditas mis ganas de decirte que te quiero.

4.12.12

Lava.

Contó la sirena al viento
lo que el mar no quiso confesar,
que sus aguas buscaban la arena
de una dulce mañana de sal.

Volaron gaviotas de día
tejiendo redes al alba
con suaves estelas de deseo
que eran sus ojos de lava.

Susurró la sirena,
me arrulló el mar,
me perdí en la arena
y en tu sabor a sal.

Aleteó una gaviota,
que antaño cantaba
en suspiros de alma rota,
la sinfonía del alba.

Cuerpo plagado de estelas,
inocente mirada de estrellas,
certero deseo
de ojos de fuego,
mirada de incienso
y delicado «te quiero».