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27.2.12

Timeline.

Saboreo tu dulce mirada como la más suave melodía de primavera. Y tu tacto oscuro pasa desapercibido a mi abotargado olfato. Te oigo y me oyes. Te escucho, y de repente soy humo. Tus alas ya no son de viento, se han convertido en un pesado amasijo de almas; almas que un día tuvieron ilusiones verdes; almas que un día fueron canción. ¿Tus palabras? Tus palabras ya no son de cristal; tus palabras son  de seca amargura, de fría traición, de triste poema ahogado bajo tierra.

Y yo. ¿Qué fui yo? Fui el verso que un día atravesó tu corazón. El punto y la coma que quisiste desterrar. Y yo. ¿Qué soy yo? Soy tu rencor de verano, tu suspiro de otoño, tu frustración de invierno.

Y yo. ¿Qué seré yo? Seré tu odio y también tu amor.

19.1.12

Supongamos.

Supongamos que no vi su sombra oscura recortada en la noche esperándome en la esquina. Supongamos que tampoco fui partícipe de aquella mirada sedienta y de sus paulatinos pasos que acudían a mi encuentro. Supongamos también entonces, que yo no llevaba el cabello recogido en un elegante moño italiano con el único objetivo de facilitar las cosas. Supongamos que no sentí el frío contacto de su piel a través del chal que me cubría los hombros y parte de los brazos. Y supongamos, por último, que tampoco sentí cómo sus colmillos se clavaban en mi cuello con ansia, y que no succionaba como si llevara un mes sin probar el mejor rubí líquido de la ciudad; que no le resultó el mejor banquete; que no se pasó la lengua por la comisura de los labios para terminar con la última gota de sangre, de mi sangre; que no caí desfallecida en sus brazos; que no me dejó tirada en mitad de aquella fría acera con la noche como compañera.

Supongamos todo esto, supongamos que me quería.

17.11.11

Cuando cae la noche.

Una noche más salí a la calle con el particular sigilo que siempre me había caracterizado, aunque me entristecía (y mucho) decir, que no era un sigilo del que yo fuera artífice. Era un sigilo del que los demás me hacían propietaria ignorando mi presencia, sufriendo de sordera cuando hablaba o helando sus corazones cuando yo necesitaba un hombro en el que derramar mis lágrimas. Ni que decir tiene, que me había endurecido y ya apenas lloraba o requería de la compañía de otros.

Pero unas cuantas noches al mes, no sabría decir exactamente la cantidad, una sombra me esperaba en la esquina de la calle del portal en el que yo solía instalarme para no pasar demasiado frío en invierno. La oscuridad de la noche le proporcionaba un dulce anonimato (¡casi tan dulce como su voz!) y hacía del brillo de sus ojos algo felino cuando la luna se dejaba ver en lo alto de aquella maraña negra llamada Universo. 

Mientras la ciudad dormía, nosotros compartíamos sueños de cristal de esos que sueltan frágiles destellos cuando sólo las estrellas están mirando. Nuestros susurros se intercalaban con la brisa jugueteando con nuestras palabras a su paso. Y nuestras risas... nuestras risas volaban libres en todas direcciones, llenas de vida, de ganas, de ilusión, de amor...

Son esas noches las únicas que valen algo para mí. Las únicas en las que siento algo distinto de la indiferencia o el dolor. Son esas noches las que me hablan de lo que nadie me habló: la felicidad. Y son esas noches las que me afirman y reafirman que jamás encontraré a nadie por quien pudiera dar la vida como lo haría por ese muchacho escondido entre sombras que siente, ríe y ama del mismo modo que yo.