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19.1.12

Supongamos.

Supongamos que no vi su sombra oscura recortada en la noche esperándome en la esquina. Supongamos que tampoco fui partícipe de aquella mirada sedienta y de sus paulatinos pasos que acudían a mi encuentro. Supongamos también entonces, que yo no llevaba el cabello recogido en un elegante moño italiano con el único objetivo de facilitar las cosas. Supongamos que no sentí el frío contacto de su piel a través del chal que me cubría los hombros y parte de los brazos. Y supongamos, por último, que tampoco sentí cómo sus colmillos se clavaban en mi cuello con ansia, y que no succionaba como si llevara un mes sin probar el mejor rubí líquido de la ciudad; que no le resultó el mejor banquete; que no se pasó la lengua por la comisura de los labios para terminar con la última gota de sangre, de mi sangre; que no caí desfallecida en sus brazos; que no me dejó tirada en mitad de aquella fría acera con la noche como compañera.

Supongamos todo esto, supongamos que me quería.

23.11.11

La esperó de pie.

Sus ojos claros desnudaban su frágil alma bajo la blanca luz de la luna. Una túnica azul celeste cubría su menudo cuerpo y sus tímidas curvas, temerosas de ser descubiertas. Su cabello quedó a merced del viento fresco de la noche, que lo despeinaba a su antojo en un alarde de bravuconería, liberando así su fragancia. Su nariz respingona oteaba en soledad el horizonte estrellado. Sus manos jugueteaban nerviosas con las mangas de su vestido de seda. Y mientras tanto, los ecos de un bosque en vigilia llegaban a sus oídos como ronroneos de un gato en brazos de su dueño.
Una presencia.
Una figura oscura.
Rasgos de muerte en sus ropas. En su caminar. En sus manos huesudas. En su rostro blanquecino. En su nariz ganchuda. En su aliento helado. En sus pupilas...
... y en ella misma.