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11.3.12

Stolen.


Corro, corro sin parar. Tengo las mejillas humedecidas por las lágrimas, pero no puedo concentrarme en eso ahora. Las ramas parecen multiplicarse a mi paso. Esto antes era más fácil, ahora sólo me llevo mis quejidos y decenas de arañazos por todas partes. Paro un segundo con el corazón a punto de estallar, trato de escuchar con atención pero sólo recibo tupidos “tu-tum” en mis oídos. No, ya no los oigo aullar, pero…

Una lágrima.

Corro, corro sin parar. Están cerca de mí. Oigo sus botas recias partiendo las hojas secas del invisible camino trazado por mis pies. Ya no me molesto en apartarme de las prolongaciones de los árboles y arbustos, me limito a extender las manos. Aunque ¿para qué mentir? No sirve de nada, me llevo los latigazos igualmente.

Un árbol. El árbol. Ya falta poco. Me miro los brazos fugazmente y sólo veo zonas rojas, y algo de sangre. Me pica, me escuece. Y la pantorrilla derecha ha debido intercambiar opiniones con las ortigas. Estoy tentada de soltar cuarenta improperios hacia mis persecutores por hacerme pasar por todo esto, pero perdería demasiada saliva en contarles algo que ya saben.

Casi sin aliento, reúno fuerzas pese al sudor, a lo enredado que resulta mi pelo en este preciso instante, a las heridas, y al dolor de mi corazón, y en poco tiempo trepo por el recio tronco del árbol convertida en la ardilla que siempre fui. Una vez arriba deseo poder mofarme de ellos y de sus carcasas blancas, pero cuando mis patitas delanteras alcanzan la cadena de plata y la pequeña medalla con su nombre grabado al dorso, se me viene el mundo encima.

Un mundo que un día fue suyo y mío. Un mundo que un día fue nuestro.

23.11.11

La esperó de pie.

Sus ojos claros desnudaban su frágil alma bajo la blanca luz de la luna. Una túnica azul celeste cubría su menudo cuerpo y sus tímidas curvas, temerosas de ser descubiertas. Su cabello quedó a merced del viento fresco de la noche, que lo despeinaba a su antojo en un alarde de bravuconería, liberando así su fragancia. Su nariz respingona oteaba en soledad el horizonte estrellado. Sus manos jugueteaban nerviosas con las mangas de su vestido de seda. Y mientras tanto, los ecos de un bosque en vigilia llegaban a sus oídos como ronroneos de un gato en brazos de su dueño.
Una presencia.
Una figura oscura.
Rasgos de muerte en sus ropas. En su caminar. En sus manos huesudas. En su rostro blanquecino. En su nariz ganchuda. En su aliento helado. En sus pupilas...
... y en ella misma.