Psst, psst. Ven, sígueme, tonta. No tengas miedo, yo estoy contigo. No, no van a pillarnos, ésta vez no. Las últimas dos noches en tu ausencia me he dedicado a informarme de los turnos de cambio de los guardias y de las reuniones de mis hermanas y mi prometida. Ha salido perfecto, los vigilantes acaban de hacer el relevo y doy fe de que las mujeres de la casa están tomando una infusión en el salón. ¡Así que sonríe, pequeña! Vamos, quítate ya la capucha. Oh, estás preciosa, vaya que si lo estás... no tienes ni idea de lo que hace la luna en tu piel, amor. ¿Que qué quería decirte? Ah, sí, es cierto. Me despistas, amapola, me despistas. ¡Ya sé que no te gusta que sea pasteloso! Lo hago porque sé que te molesta, y estás muy graciosa cuando arrugas así la nariz, flor de primavera. ¡Ya paro, ya paro! Vale, también bajaré la voz... pero dudo que el jardinero pueda escucharme ahora, tiene un affaire secreto con la jefa de cocina y se ven todas las noches. ¡Casi como nosotros! Claro que ellos son más rústicos y... ¡sí, sí! ¡El tema! Estás hoy muy agresiva, corazón, ¡me va a salir un cardenal en el brazo a este paso! Bien, te plantearé el asunto: yo te quiero y tú me quieres. ¡Qué digo de querer! ¡Yo te amo! Así que está claro, ¿no? Fuguémonos. ¡Oh, claro que sí! ¡Sabía que aceptarías! Vámonos ahora, amor. No te preocupes por la ropa, he preparado un carruaje sólo para ti y para mí. Ay, amapola... ¿que no te llame qué? ¿Amapola? ¿Amor? ¿Flor de primavera? ¿Corazón? ¿Mi suerte? ¿Mi razón? ¿Mi vida? ¡Auch! No esperaba un pisotón, pequeña. Adoro cómo te ríes... y cómo me besas. Vamos, dame la mano, seamos libres.
Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas
19.11.11
13.11.11
Otoño
Te pondrás tu gorro de lana y enrollarás tu bufanda alrededor de tu cuello. Cogerás las llaves y no te pararás delante del espejo antes de salir. Bajarás las escaleras con gracia, saltando los dos últimos escalones, justo como cuando tenías cinco años y tu abuela te sostenía la mano para que lo hicieras.
Saldrás a la calle y tomarás una bocanada de ese aire otoñal que lo impregna todo. Echarás a andar sin siquiera pensar bien a dónde vas, dejando que tu instinto te lleve a izquierda o derecha, adelante o hacia atrás, a cruzar, o a continuar en la misma acera. Seguirás tu senda invisible pisando sobre las hojas secas, haciéndolas cantar bajo tus pies, dejando que el amarillo, el naranja y el rojo te envuelvan con su traicionera calidez.
Cuando llegues a tu destino, al que tu corazón te haya querido conducir, te dejarás caer donde lo más profundo de ti te diga. En el suelo, en un banco, en el bordillo de la acera o en mitad de la calle. Sonreirás y tomarás aire otra vez. La brisa fría inundará de nuevo tus fosas nasales, pero en esta ocasión te sentirás mejor. Te sentirás más libre, porque ese será tu sitio y tú estarás en él.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)