26.10.15

La memoria es ese lugar.

La memoria es ese lugar en el que no existen las horas.
Presente, pasado y futuro se diluyen
hasta no ser nunca más
y serlo todo a la vez.
Un lugar donde el eco de lo más lejano
resuena aquí al lado;
en nuestros oídos;
y ser sentimentalmente correcto
está prohibido.

Mi memoria no piensa en mí
y yo no paro de pensarla a ella
y hacer una pelota arrugada
con lo que tiene que decir.
Quizá ese es el gesto más típico del miedo.
Quizá la idea es alisar mis aristas
y mirarlas fijamente
hasta que se derritan
junto con el tiempo;
hasta que sean

inexpugnablemente

parte
de mí.

16.6.15

Gris y verde.

Gris y verde pelean en el cielo
y tendremos que superar varios cientos
antes de volver a vernos.
Sé que si separo la espalda de las sábanas
ya estaremos un paso más lejos,
dos si me descuido,
tres y sólo son las cinco
y las siete
y las nueve
y ya casi te veo ir
ahí abajo en el de las once menos cuarto;

yo con el frío en los huesos,
tú agitando la mano.

Veteranos de guerra,
amigos de las treguas,

te espero.

13.12.14

Monocromo.

Has perdido el gris,
el este y el oeste,
el término me d io,
o,
a secas,
el medio de.

El miedo.
El miedo de.

No, no has perdido el miedo.
Ni el miedo de.
Ni el miedo a.
Ni el miedo por.

Te has perdido entre tanta preposición,
o proposición.
Has perdido
la proporción.

21.9.14

Campanas.

La misma Luna nos alumbró ahora que entonces
los ceños fruncidos
e inciertos perdones.

Matamos al lobo con la plata
a la derecha de los corazones,
a sus fruncidos arrepentimientos,
a sus inciertos perdones.

Matamos al lobo con la plata
que gira como nosotros giramos
cuando la luna alumbra con ganas
las frentes que juntan los labios.

La misma luna nos alumbró ahora que entonces
sonriendo codo con codo

lo más ciertos perdones.

7.9.14

These boots are made for walking.

«Los fantasmas de las azoteas» es una asociación de almas solitarias que se reúnen sin reunirse en lo alto de algunos edificios a partir de la hora en que los gremlins son peligrosos.

Vistos desde el aire son pequeñas motitas de luz que varían en intensidad dependiendo de cuán solos se encuentren en ese momento. Cuando se sienten plenamente integrados dejan de brillar y se funden con el mundo. Lástima que aquello no ocurriese a menudo. Lástima que corriesen tiempos complicados. Lástima que Nit brillara tanto aquella noche.

Un día cuando no era de día, un alma invisible posó sus pies ruidosos en la cima silenciosa que Nit llevaba ocho noches colonizando. Se sobresaltó, ahogó un chillido y casi se apagó al sentirse repentina e indeseadamente acompañada. Ese breve instante de certidumbre de otra sustancia humana cerca de sí, le permitió distinguir los zapatos amarillos y brillantes del intruso (o intrusa, o ente abstracto), pero de vuelta en su solitariedad tras el susto inicial, estos casi desaparecieron por completo.

—¿Hola? —preguntó la aguda voz sin cuerpo.
—¡¿Hola?! —replicó la asustada voz de Nit.

Las vibraciones de los decididos pasos del color de un pollo dejaron a Nit inmóvil en su miedo, miedo que se transformó en curiosidad cuando una mano caliente se posó en su mejilla. Muda, se dejó investigar por aquellas yemas suaves que exploraron su ojo izquierdo, media nariz y sus medios labios.

—Estás helada.
—O sola.
—O sola —concedieron las botas amarillas.

Todavía no había separado su mano. Encontraba divertida la textura gelatinosa de los mofletes de aquella intensa luz blanca que terminó gruñendo levemente y girando el rostro hacia otro lado. El paso se fue atrás. El fantasma de la azotea se acercó hacia él y movió la cabeza en señal de disculpa.

—Sois muchos —dijo el mundo.
—¿Somos muchos? ¿Quiénes? —preguntó la luz.
—Vosotros. Las luces. Los... fantasmas.
—¿Fantasmas? ¿Nosotros? Hablas como si tú fueras real. O visible, siquiera.
—¿No puedes verme? —parecía sorprendida.
—Sólo sé que tienes unas enormes botas amarillas y brillantes.
—Tampoco te pierdes nada.
—Supongo que no —admitió.

Un breve instante de silencio para contemplar la luz y la oscuridad.

—A veces, cuando os veo desde mi ventana, no sé dónde empieza el cielo.
—¿A quiénes ves?
—A vosotros. Las luces. Los fantasmas.

Otro silencio. De incomprensión, de inconformidad, de duda.

—Cuando todo el mundo se va a dormir y apenas hay un par de ventanas despiertas, todo queda a tono con el cielo: negro como el fondo de un pozo. Pero de repente salís vosotros... y los astros.

Una nariz en alza. Dos narices en alza.

—A veces no sé dónde acaban las almas y empiezan las estrellas.
—O si todos somos estrellas.
—O si todos sois almas —accedió la voz.

Nit y Botas habían terminado mirando juntas en la misma dirección, la opuesta a la del viento que les acariciaba el rostro y revolvía el pelo. Una pregunta a medio encender sobrevolaba sus cabezas con aspecto de ave de rapiña.

—¿Y tú por qué te sientes sola? —atacó la duda.
—Nadie comprendía que me gustara estar sola —dijo tras un rato. Suspiró—. Al principio me daba igual, pero más tarde ni siquiera mi mejor amiga tuvo la decencia de entenderme y empezó a llamarme "bicho raro".
—¿Diferente?
—Bicho. Raro.
—Oh —murmuró Botas.
—Un día empecé a brillar. Cada vez que ella no me comprendía, yo despedía nuevos rayos de luz.
—¿Y qué pasó?
—Que mi propia incandescencia me cegó. Y me ciega. No veo nada más. Sólo veo los límites de mi azotea.
—Pero también has podido ver mis botas.
—Porque me he sabido acompañada... por un momento.
—Pero estás acompañada... en este momento.

Enmudeció brevemente masticando cualquier indicio de palabra amarga antes de que saliera ninguna a través de sus labios. Sopesó aquella última afirmación en un leve balanceo de su cuerpo y tragó saliva antes de girar levemente la cabeza.

—¿Y quién es tu mejor amiga? —otro ave de rapiña que encontraba presa.
—Nit.
—¿Nit? ¿Qué clase de nombre es ese?
—El mío.

Giró el rostro del todo y se sorprendió al encontrar frente a sí los vestigios de una nariz respingona y un par de ojos que bajo su luz parecían dos avellanas. También distinguía algunas hebras de cabello del que no lograba definir el color, una camiseta oscura y lo que parecían ser unos pantalones vaqueros. Sin embargo estos tenían un aspecto fantasmal, borroso y escasamente nítido que la obligaron a parpadear un par de veces. Bajó la mirada a sus propias manos y sintió candor en las mejillas al tiempo que era consciente de la luz desvaneciéndose levemente a través de los poros de su piel. 

Casi pudo sentirse corpórea cuando alzó la cabeza para mirar los ya localizables ojos de la voz del mundo y hacer un gesto significativo con la cabeza.

Los ojos avellana esbozaron una sincera sonrisa semitransparente.

—Te ayudaré —aceptó Botas.

23.5.14

Me han marcado gol.

Grítame, mi niña,
grítame que yo me entere
cómo era ver el mundo con tus ojos
y reírle con tu risa
y dejarlo como tonto.

Grítame, mi niña,
grítame que yo me entere
cómo era poner un pie
                delante del otro
y hacer camino
y sentir del todo.

Grítame, mi niña,
grítame y dile a Wendy
que sobran puntadas en la sombra
y me faltan unas cuantas en el alma
para reírle con tu risa
y caminar como caminas...

              ...y asegurarme tu presencia.

Grítame, mi niña,
grítame, que no me entero.
Que se me han cerrado las miras
que sólo veo el color negro.

19.3.14

Las mentiras de la certeza.

Los siempres, los nuncas y los jamases plagados de únicas excepciones para confirmar las reglas que había que romper.

Y al final, nada era cierto.

17.3.14

Inventivas de metal.

«A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos», dijo Borges.


Y yo todavía me esfuerzo en desmontar su teoría descubriendo los números. Los que no coinciden. Los que sólo yo tenga muy, muy debajo de la piel. Y también encima. Pero los míos

Y yo soy ya una experta en e s q u i v a r las simetrías —que no obviarlas—, y trabajarlas con martillo y cincel. Y hacerlas asimÉTRICAS. Y más bellas. Y más permanentes. Y más inolvidables. Y más vivas.

Y yo me esfuerzo en inventar una realidad más nuestra. Y también tú.


Y yo, a veces, todavía me pregunto quién soy yo.
Y yo, a veces, y tú, otras tantas, somos tú, a veces, y yo, otras muchas.

9.3.14

Cualquier cala.

Supongo que lo mejor fue no planearte; no pensarte; no creerte siquiera cuando te vi por primera vez. Supongo que lo mejor fue no imaginarte en las aguas de un mar en calma que yo no encontraba.

Fueron varias mañanas en las que nuestros ojitos se perdieron en la línea que separaba lo visible de lo imaginable, el cielo del agua, lo cierto de lo menos tangible. Cada cabecita se perdía en su cielo, en su agua, en lo que creía cierto y en lo que no podía tocar. La arena entre los dedos de los pies era la mejor caricia cuando nada más podía saciar nuestras miradas no tan alegres, nuestras sonrisas no tan visibles.

Supongo que lo mejor, amor, fue la sorpresa de encontrarnos planeando, pensándonos, creyéndonos por vez primera y tantas veces como vinieran. Supongo que lo mejor fue imaginarnos como las aguas de un mar vivo donde serte, serme y sernos.

5.3.14

Scintillate.

—Un río... un... un río de luz... —musité.

Mis ojos, muy abiertos. Mi boca, más todavía. Mis cuerdas vocales, relinchando angustiadas. Algo iba mal. Mal, mal, mal. Muy mal. Giré sobre mis talones. Busqué algo con la mirada. Algo que me aliviara. Algo que me ayudara a entender, pero en aquel momento ni una sola palabra era capaz de ponerse junto a otra con coherencia. Miré arriba, al cielo infini... al... al cie...

...al techo. Algo iba mal. Mal, mal, mal. Muy mal. 

—¡¡Eh!! ¡Desde aquí arriba llegaremos mejor! ¡Vamos!

Niños. Cinco, seis tal vez. Sí, seis. Tres de ellos de pelo blanquecino, todos los demás, castaños. Ellos no parecían preocupados. Ellos sólo saltaban y alargaban sus manitas hacia arriba. Montaban unos sobre otros. Estiraban sus costados y daban pequeños botes. Sus barbillas, sus narices, sus ojitos, todos hacia arriba, chispeantes.

—¡Vamos a hacerle cosquillas! ¡Tiene que despertarse! ¡Estiraos bien! -gritaba el más alto, convencido.

Uno sobre otro. Uno sobre otro. Salto. Uno sobre otro.

Y ocurrió. Fue muy simple. Un empujón. Un empujón accidentado aunque merecido. Contundente aunque inesperado. Pero merecido. Fue muy, muy simple. Tan simple que cuando caí al río de cabeza con todo mi miedo y mi voz herida, me entró la risa floja y permití a la luna salir a mi cielo, socarrona, burlándose de mi sueño ligero. Volví a extenderme. Abracé mi medio planeta dormido y lo acuné. Repartí mi luz en pequeñas dosis para que todo el mundo tuviera la suya. Me había dormido. Me había caído de mi misma. Me había despegado.

—¡Hemos salvado la noche, chicos! ¡Hemos salvado al planeta! -gritó el más pequeño de los seis.
—¡Mañana por la mañana, a la churrería de Doña Emilia!

No habían sido las cosquillas.

2.1.14

No saben, no, ni pueden.

Me miran las sábanas como con ternura
y tristeza
y miedo.
Y me envuelven como saben
y se frustran porque dicen
que olerán a ti mañana...

...y sólo sabrán callar.
Y ser vacío.

Me miran.
Y ellas solas se entristecen
porque mis pies están fríos.

Y sólo saben maullar
alrededor de mis rodillas
aunque dicen
y saben
que no serán tú mañana.

Ni me podrán calentar.

11.12.13

La verdad.

A veces
me bastan tus canciones

para soplar la niebla
y lanzarla l e j o s,
para arrullarte en mis brazos
cuando mi alma tiembla,
para sostener nuestro peso
mientras mis oídos mientan.

A veces
me bastan tus canciones

para creerme bajo tu colcha
desnuda en cuerpo,
desnuda en alma,
para tenerte enredado en mi pelo
y cantarnos
en la cama
bien bajito
y convencidos,
que no hay aire
entre nosotros,
ni castillos,
ni murallas,
ni asfalto,
ni ladrillos.

A veces,
de veras,
me bastan tus canciones,
pero sólo,
sólo,
mientras mis oídos mientan.

Quedémonos donde no giren las veletas.

21.11.13

In time.

Arrugó el miedo y alisó la sonrisa.

Había sido así de fácil todo ese tiempo.

17.11.13

Ways.

—Já -bufó ella, digna, alzando la cabeza- ¿de veras lo creías? No, no camino sobre nubes, ni soy elegante, ni alzo el mentón todo el tiempo. Ni llevo moño. Odio el moño.

Se quitó las zapatillas por los talones con la ayuda de sus propios pies y se dejó caer sobre la cama, clavando la mirada en el techo.

—Sí, definitivamente odio el moño. No soy altiva todo el tiempo. Casi nunca lo soy.

Él la miraba desde el alféizar, con los brazos cruzados en el pecho y los ojos curiosos chispeando entre las hebras carbón de la muchacha.

—Tampoco soy delicada. Mentiría si dijera que no necesito que me salven -giró la cabeza hacia él. La luz dio de pleno en su piel porcelanosa y avivó sus iris avellana- ¿quién no necesita que le salven? -se incorporó- ¿a quién no le hace falta un empujón de vez en cuando? -volvió a tumbarse- pero no, esa no es la cuestión. Tampoco puede salvarte cualquiera, ¿sabes? -cruzó los dedos de ambas manos sobre su vientre- pero tampoco soy una inútil, ¿me explico? Puedo ser autosuficiente. Creo.

Volvió a mirar al techo, con el ceño fruncido.

—Ser bailarina es una parte de mí. Pero no es todo lo que soy.

Él entrecerró los ojos y abrió la boca por primera vez.

—¿Y qué eres?

Ella cogió aire y lo sostuvo durante todo el tiempo que le fue posible en los pulmones. Lo soltó poco a poco. Abrió mucho los ojos, mirándole, y finalmente encogió sus aparentemente frágiles hombros.

—No lo sé. Si no, ¿dónde estaría la gracia? ¿En qué pensaría a los ochenta cuando hiciera jerseys a mis nietos? -se encogió de hombros una vez más, esta vez, sí fue cisne; cisne altanero- y tampoco lo quiero saber todavía.

15.11.13

¿En qué momento relevé a Atlas?

Qué curiosa es la mente, ¿eh? 

Nacemos con ella. La llevamos de fábrica, pero, oh, no sabemos usarla. 

Resulta, que mientras yo creía moverme paulatinamente, con el mundo, el mundo y yo misma nos escapábamos de esa firme idea. Resulta, que mientras creía ser adulta y estar aprendiendo a ser independiente, la mayoría de edad y la independencia se reían de mí delante de mis narices. Sigo siendo una niña. Una niña crecidita que intenta ser mayor, pero que de repente un día, a las doce de la noche, se cansa de ser ella. «Llevo todo el día aquí, dentro de mí misma, a través de mis ojos, quiero dormir». De repente, un día, las cosas han ido más rápido de lo que pensaba y cuando me he parado a mirar, hasta yo he empezado a reírme menos.

«¿Qué me pasa?»

Que todo cambia. Que no te has dado cuenta. Que te toca digerirlo de golpe. Por lista.

Soy incapaz de ser totalmente independiente, pero, ¿qué demonios? ¿Hasta qué punto está bien ser capaz de vivir sin nadie que te rodee? Amo sostenerme en las tardes con mis amigos —aunque crezcamos, aunque cada uno se dedique a lo suyo, aunque cada uno tenga su vida—; amo sostenerme en la persona que quiero y no parar de hablar, porque ya seremos viejos para pelearnos por el mando a distancia; amo sostenerme en mi familia, en hacer rabiar al perro, en ver programas que no nos interesan a ninguno; amo sostenerme en mis pequeños textos, películas, libros, música, logros, pósters, olores, paseos, recuerdos. Amo todo eso. Y como soy una niña que odia ser completamente independiente, seguiré aferrándome a todo eso en la medida de lo posible. Porque no quiero ser adulta. No quiero estar sola. Nací sola y moriré sola. No quiero que lo que quede entre esos dos momentos sea también la soledad.

Soy una niña que llora cuando siente demasiado. Soy una niña que ríe cuando se da cuenta de que siente demasiado. Porque "estar de paso" no me impide vivir feliz, y mira, la apatía es para las piedras.

5.11.13

¿Qué tal el día, cielo?

No haré de nuestro cielo las vidas ajenas, ni las muertes ajenas.

No haré de nosotros un charco que llore, ni que las refleje.

Haré de nuestra vida un cielo que ilumine las aguas de otros cuando tampoco quieran reflejarse
en vidas ajenas,
en muertes ajenas,
ni convertirse en charco.

4.11.13

Not about dogs.

Cuando no tienes perro, no te fijas en la cantidad de ellos que hay en tu barrio. Ni siquiera en la raza, ni en sus dueños. Algunos son bonitos y te acercas a acariciarles, pero el mundo de las mascotas en ese momento te cae lejos.

De repente, un día, algo cerca de ti, de tu entorno, se rompe. No lo vives tú, pero sí gente a la que aprecias. Y ves el sufrimiento más cerca de lo que te gustaría. Lo acaricias como al perro del vecino. No es tuyo, pero en ese momento los dos os miráis. Os miráis el dolor y tú, y te preguntas si algún día, por desgracia, todo lo que ahora te parece entero, vivo y fuerte, como se lo parecía a otros antes, se romperá como se les ha roto a otros ahora.

Medías un metro cincuenta, o sesenta, o setenta, u ochenta, tal vez. Y ahora no mides nada.

Te has agazapado en tu miedo. En las posibilidades que flotan, porque para otros también flotaron y sobrevolaron como un buitre.

Y tiemblas. Tiemblas de frío. De ese frío que a veces sólo sale en las yemas de los dedos y en el sudor que se forma, sin querer, en tu frente. Pero a veces sólo aceptas un calor, el que resbala por tus mejillas cuando a tu mente, nublada, le apetece llover.

Sin embargo, cuando compras un perro no piensas en quién morirá antes, si tú, él, o los dos. Simplemente lo disfrutas cada día. Espero que el perro de mi vecino siga siendo el perro de mi vecino, y que el dolor no me toque a mí. Si viene tampoco podré evitarlo, pero llorarlo ahora no servirá de nada.

Y no estoy hablando de perros.

30.10.13

Hellven.

Encadenado de manos y pies, arrastraba el alma junto con el sonido de aquellos hierros que otros habían decidido como nueva prolongación de su cuerpo. Los harapos que le envolvían y su mirada triste no eran sino el reflejo de su pena, así como la manera en que vestía su casi inexistente pero infernal futuro. La tierra abría surcos, tímida y dócil bajo sus desganadas huellas, y su único consuelo era el sonido de un riachuelo cercano y las briznas de hierba desorientadas que se intercalaban entre sus desnudos dedos.

—Hemos llegado. Poneos en fila -ordenó un oficial- moveos, maldita sea. -Miró a alguien por encima de los hombros de sus prisioneros y sacudió la cabeza- podéis empezar a calentar el hierro.

Escudriñó a los seres que tenía delante de la cabeza a los pies y frunció el ceño con asco.

—Tenéis suerte, serviréis para algo... -escupió- ...de todos modos, la selección natural ya ha hecho su trabajo en ese barco -añadió, y musitó:- salvajes.
—Buenas tardes, oficial -saludó una voz fresca y joven a sus espaldas.
—Señorita Jenkins, un placer verla esta mañana. ¿Qué tal está su padre?

La señorita Jenkins era una muchachita del norte de cabellos áureos que jugueteaban entre sí formando unos aniñados tirabuzones que aprovechaban toda ocasión para botar junto a su rostro porcelanoso y suave. Sus ojos azules respondían perfectamente a los poemas de amor de cualquier escritor atrevido y su nariz respingona y labios carnosos no eran sino lo que se esperaba de la hija de un oficial. Era la belleza de la región. El encanto de todo verano y el calor ausente en invierno. Era típica. Era lo que otras querían ser. Era lo que todas eran en los colegios repipis de su tierra natal. Era una más... 

...hasta que su alma impecable, libre de dolor, topó con un alma ultrajada y maltratada. Cuando sus miradas se trenzaron en el aire y el oficial desaparició entre ellos quemado por sus chispas, sus ojos vívidos fueron un hálito de vida en aquel mortecino marrón. De pronto, dos corazones que hasta entonces habían estado parados, comenzaban a latir a la par.

—Recuperándose de la última batalla contra los franceses, pero una herida no podrá con su orgullo, usted bien lo sabe -volvió a la realidad. Sonrió inclinando la cabeza mientras se llevaba una mano al pecho.
—Me alegro. Pase buen día, señorita Jenkins.
—Igualmente, oficial -deseó.

Y deseó a aquel prisionero. 

Supo entonces que compartirían un lugar en los infiernos.

18.8.13

Rebeldía.

Que todos los días deberían ser así,
mientras su boca juega y sus puños gritan,
mientras su alma se alza y el corazón no achanta;
que todos los días deberían ser así,
fuego,
de ira,
de pasión,
de vida;
que todos los días deberían ser así.

1.8.13

—No lo harás.

«Estampó el libro contra el suelo rabiosa, herida, entera, afligida, contenta, suave, triste, histérica, alegre, furiosa, poderosa, cuerda, decidida, débil, elegante, inteligente, fuerte, cortante, r o t a, loca. Lo tiró con todos los sentimientos a la vez, como un torrente devastador de la más temida primavera en la montaña más calma y ajena. Y lo quemó. Lo quemó con saña. Lo quemó vacía. Lo quemó con ganas. Y amó el horror de sus miradas y la furia de sus chirriantes dientes. Y se amó por amarlo