16.4.13

Se ha roto.

La oscuridad se había tragado el cielo y la tierra y su estómago apenas había emitido un leve ruido sordo y un cambio en la atmósfera. Un cambio que la instó a correr con todas sus fuerzas hasta un risco. Un risco que podría haberle supuesto la propia muerte pero que, cosas de la vida, conocía con la palma de sus pies. Podría el color negro haber gritado a medio palmo de su blanco corazón. Podría habérsela comido. Haber rumiado su alma y haberla convertido en el propio polvo de una tormenta de odio, y en aquella inmensidad incierta nadie habría advertido el cese de unos latidos que cabalgaban a horcajadas con las hebras de su pelo.

Un chasquido de luz.

Otro.

Unos cuantos más a lo lejos.

Y su corazón estallando con cada uno de ellos. Suspiró. Abrió mucho los ojos. Se dejó caer de rodillas ante un abismo ansioso por mecerla en sus débiles brazos y sus complicadas críticas a aquella piel suave y blanquecina, como de invierno solitario y vacío. Las piedras se clavaron en sus rodillas como pequeñas agujas impacientes por hacerla sentir algo que no fuese el desasosiego de la madurez, el peso de la responsabilidad y el angustioso lazo que apretaba su niñez.

—Se ha roto. Se ha roto la magia.

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