13.12.14

Monocromo.

Has perdido el gris,
el este y el oeste,
el término me d io,
o,
a secas,
el medio de.

El miedo.
El miedo de.

No, no has perdido el miedo.
Ni el miedo de.
Ni el miedo a.
Ni el miedo por.

Te has perdido entre tanta preposición,
o proposición.
Has perdido
la proporción.

21.9.14

Campanas.

La misma Luna nos alumbró ahora que entonces
los ceños fruncidos
e inciertos perdones.

Matamos al lobo con la plata
a la derecha de los corazones,
a sus fruncidos arrepentimientos,
a sus inciertos perdones.

Matamos al lobo con la plata
que gira como nosotros giramos
cuando la luna alumbra con ganas
las frentes que juntan los labios.

La misma luna nos alumbró ahora que entonces
sonriendo codo con codo

lo más ciertos perdones.

7.9.14

These boots are made for walking.

«Los fantasmas de las azoteas» es una asociación de almas solitarias que se reúnen sin reunirse en lo alto de algunos edificios a partir de la hora en que los gremlins son peligrosos.

Vistos desde el aire son pequeñas motitas de luz que varían en intensidad dependiendo de cuán solos se encuentren en ese momento. Cuando se sienten plenamente integrados dejan de brillar y se funden con el mundo. Lástima que aquello no ocurriese a menudo. Lástima que corriesen tiempos complicados. Lástima que Nit brillara tanto aquella noche.

Un día cuando no era de día, un alma invisible posó sus pies ruidosos en la cima silenciosa que Nit llevaba ocho noches colonizando. Se sobresaltó, ahogó un chillido y casi se apagó al sentirse repentina e indeseadamente acompañada. Ese breve instante de certidumbre de otra sustancia humana cerca de sí, le permitió distinguir los zapatos amarillos y brillantes del intruso (o intrusa, o ente abstracto), pero de vuelta en su solitariedad tras el susto inicial, estos casi desaparecieron por completo.

—¿Hola? —preguntó la aguda voz sin cuerpo.
—¡¿Hola?! —replicó la asustada voz de Nit.

Las vibraciones de los decididos pasos del color de un pollo dejaron a Nit inmóvil en su miedo, miedo que se transformó en curiosidad cuando una mano caliente se posó en su mejilla. Muda, se dejó investigar por aquellas yemas suaves que exploraron su ojo izquierdo, media nariz y sus medios labios.

—Estás helada.
—O sola.
—O sola —concedieron las botas amarillas.

Todavía no había separado su mano. Encontraba divertida la textura gelatinosa de los mofletes de aquella intensa luz blanca que terminó gruñendo levemente y girando el rostro hacia otro lado. El paso se fue atrás. El fantasma de la azotea se acercó hacia él y movió la cabeza en señal de disculpa.

—Sois muchos —dijo el mundo.
—¿Somos muchos? ¿Quiénes? —preguntó la luz.
—Vosotros. Las luces. Los... fantasmas.
—¿Fantasmas? ¿Nosotros? Hablas como si tú fueras real. O visible, siquiera.
—¿No puedes verme? —parecía sorprendida.
—Sólo sé que tienes unas enormes botas amarillas y brillantes.
—Tampoco te pierdes nada.
—Supongo que no —admitió.

Un breve instante de silencio para contemplar la luz y la oscuridad.

—A veces, cuando os veo desde mi ventana, no sé dónde empieza el cielo.
—¿A quiénes ves?
—A vosotros. Las luces. Los fantasmas.

Otro silencio. De incomprensión, de inconformidad, de duda.

—Cuando todo el mundo se va a dormir y apenas hay un par de ventanas despiertas, todo queda a tono con el cielo: negro como el fondo de un pozo. Pero de repente salís vosotros... y los astros.

Una nariz en alza. Dos narices en alza.

—A veces no sé dónde acaban las almas y empiezan las estrellas.
—O si todos somos estrellas.
—O si todos sois almas —accedió la voz.

Nit y Botas habían terminado mirando juntas en la misma dirección, la opuesta a la del viento que les acariciaba el rostro y revolvía el pelo. Una pregunta a medio encender sobrevolaba sus cabezas con aspecto de ave de rapiña.

—¿Y tú por qué te sientes sola? —atacó la duda.
—Nadie comprendía que me gustara estar sola —dijo tras un rato. Suspiró—. Al principio me daba igual, pero más tarde ni siquiera mi mejor amiga tuvo la decencia de entenderme y empezó a llamarme "bicho raro".
—¿Diferente?
—Bicho. Raro.
—Oh —murmuró Botas.
—Un día empecé a brillar. Cada vez que ella no me comprendía, yo despedía nuevos rayos de luz.
—¿Y qué pasó?
—Que mi propia incandescencia me cegó. Y me ciega. No veo nada más. Sólo veo los límites de mi azotea.
—Pero también has podido ver mis botas.
—Porque me he sabido acompañada... por un momento.
—Pero estás acompañada... en este momento.

Enmudeció brevemente masticando cualquier indicio de palabra amarga antes de que saliera ninguna a través de sus labios. Sopesó aquella última afirmación en un leve balanceo de su cuerpo y tragó saliva antes de girar levemente la cabeza.

—¿Y quién es tu mejor amiga? —otro ave de rapiña que encontraba presa.
—Nit.
—¿Nit? ¿Qué clase de nombre es ese?
—El mío.

Giró el rostro del todo y se sorprendió al encontrar frente a sí los vestigios de una nariz respingona y un par de ojos que bajo su luz parecían dos avellanas. También distinguía algunas hebras de cabello del que no lograba definir el color, una camiseta oscura y lo que parecían ser unos pantalones vaqueros. Sin embargo estos tenían un aspecto fantasmal, borroso y escasamente nítido que la obligaron a parpadear un par de veces. Bajó la mirada a sus propias manos y sintió candor en las mejillas al tiempo que era consciente de la luz desvaneciéndose levemente a través de los poros de su piel. 

Casi pudo sentirse corpórea cuando alzó la cabeza para mirar los ya localizables ojos de la voz del mundo y hacer un gesto significativo con la cabeza.

Los ojos avellana esbozaron una sincera sonrisa semitransparente.

—Te ayudaré —aceptó Botas.

23.5.14

Me han marcado gol.

Grítame, mi niña,
grítame que yo me entere
cómo era ver el mundo con tus ojos
y reírle con tu risa
y dejarlo como tonto.

Grítame, mi niña,
grítame que yo me entere
cómo era poner un pie
                delante del otro
y hacer camino
y sentir del todo.

Grítame, mi niña,
grítame y dile a Wendy
que sobran puntadas en la sombra
y me faltan unas cuantas en el alma
para reírle con tu risa
y caminar como caminas...

              ...y asegurarme tu presencia.

Grítame, mi niña,
grítame, que no me entero.
Que se me han cerrado las miras
que sólo veo el color negro.

19.3.14

Las mentiras de la certeza.

Los siempres, los nuncas y los jamases plagados de únicas excepciones para confirmar las reglas que había que romper.

Y al final, nada era cierto.

17.3.14

Inventivas de metal.

«A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos», dijo Borges.


Y yo todavía me esfuerzo en desmontar su teoría descubriendo los números. Los que no coinciden. Los que sólo yo tenga muy, muy debajo de la piel. Y también encima. Pero los míos

Y yo soy ya una experta en e s q u i v a r las simetrías —que no obviarlas—, y trabajarlas con martillo y cincel. Y hacerlas asimÉTRICAS. Y más bellas. Y más permanentes. Y más inolvidables. Y más vivas.

Y yo me esfuerzo en inventar una realidad más nuestra. Y también tú.


Y yo, a veces, todavía me pregunto quién soy yo.
Y yo, a veces, y tú, otras tantas, somos tú, a veces, y yo, otras muchas.

9.3.14

Cualquier cala.

Supongo que lo mejor fue no planearte; no pensarte; no creerte siquiera cuando te vi por primera vez. Supongo que lo mejor fue no imaginarte en las aguas de un mar en calma que yo no encontraba.

Fueron varias mañanas en las que nuestros ojitos se perdieron en la línea que separaba lo visible de lo imaginable, el cielo del agua, lo cierto de lo menos tangible. Cada cabecita se perdía en su cielo, en su agua, en lo que creía cierto y en lo que no podía tocar. La arena entre los dedos de los pies era la mejor caricia cuando nada más podía saciar nuestras miradas no tan alegres, nuestras sonrisas no tan visibles.

Supongo que lo mejor, amor, fue la sorpresa de encontrarnos planeando, pensándonos, creyéndonos por vez primera y tantas veces como vinieran. Supongo que lo mejor fue imaginarnos como las aguas de un mar vivo donde serte, serme y sernos.

5.3.14

Scintillate.

—Un río... un... un río de luz... —musité.

Mis ojos, muy abiertos. Mi boca, más todavía. Mis cuerdas vocales, relinchando angustiadas. Algo iba mal. Mal, mal, mal. Muy mal. Giré sobre mis talones. Busqué algo con la mirada. Algo que me aliviara. Algo que me ayudara a entender, pero en aquel momento ni una sola palabra era capaz de ponerse junto a otra con coherencia. Miré arriba, al cielo infini... al... al cie...

...al techo. Algo iba mal. Mal, mal, mal. Muy mal. 

—¡¡Eh!! ¡Desde aquí arriba llegaremos mejor! ¡Vamos!

Niños. Cinco, seis tal vez. Sí, seis. Tres de ellos de pelo blanquecino, todos los demás, castaños. Ellos no parecían preocupados. Ellos sólo saltaban y alargaban sus manitas hacia arriba. Montaban unos sobre otros. Estiraban sus costados y daban pequeños botes. Sus barbillas, sus narices, sus ojitos, todos hacia arriba, chispeantes.

—¡Vamos a hacerle cosquillas! ¡Tiene que despertarse! ¡Estiraos bien! -gritaba el más alto, convencido.

Uno sobre otro. Uno sobre otro. Salto. Uno sobre otro.

Y ocurrió. Fue muy simple. Un empujón. Un empujón accidentado aunque merecido. Contundente aunque inesperado. Pero merecido. Fue muy, muy simple. Tan simple que cuando caí al río de cabeza con todo mi miedo y mi voz herida, me entró la risa floja y permití a la luna salir a mi cielo, socarrona, burlándose de mi sueño ligero. Volví a extenderme. Abracé mi medio planeta dormido y lo acuné. Repartí mi luz en pequeñas dosis para que todo el mundo tuviera la suya. Me había dormido. Me había caído de mi misma. Me había despegado.

—¡Hemos salvado la noche, chicos! ¡Hemos salvado al planeta! -gritó el más pequeño de los seis.
—¡Mañana por la mañana, a la churrería de Doña Emilia!

No habían sido las cosquillas.

2.1.14

No saben, no, ni pueden.

Me miran las sábanas como con ternura
y tristeza
y miedo.
Y me envuelven como saben
y se frustran porque dicen
que olerán a ti mañana...

...y sólo sabrán callar.
Y ser vacío.

Me miran.
Y ellas solas se entristecen
porque mis pies están fríos.

Y sólo saben maullar
alrededor de mis rodillas
aunque dicen
y saben
que no serán tú mañana.

Ni me podrán calentar.