11.12.13

La verdad.

A veces
me bastan tus canciones

para soplar la niebla
y lanzarla l e j o s,
para arrullarte en mis brazos
cuando mi alma tiembla,
para sostener nuestro peso
mientras mis oídos mientan.

A veces
me bastan tus canciones

para creerme bajo tu colcha
desnuda en cuerpo,
desnuda en alma,
para tenerte enredado en mi pelo
y cantarnos
en la cama
bien bajito
y convencidos,
que no hay aire
entre nosotros,
ni castillos,
ni murallas,
ni asfalto,
ni ladrillos.

A veces,
de veras,
me bastan tus canciones,
pero sólo,
sólo,
mientras mis oídos mientan.

Quedémonos donde no giren las veletas.

21.11.13

In time.

Arrugó el miedo y alisó la sonrisa.

Había sido así de fácil todo ese tiempo.

17.11.13

Ways.

—Já -bufó ella, digna, alzando la cabeza- ¿de veras lo creías? No, no camino sobre nubes, ni soy elegante, ni alzo el mentón todo el tiempo. Ni llevo moño. Odio el moño.

Se quitó las zapatillas por los talones con la ayuda de sus propios pies y se dejó caer sobre la cama, clavando la mirada en el techo.

—Sí, definitivamente odio el moño. No soy altiva todo el tiempo. Casi nunca lo soy.

Él la miraba desde el alféizar, con los brazos cruzados en el pecho y los ojos curiosos chispeando entre las hebras carbón de la muchacha.

—Tampoco soy delicada. Mentiría si dijera que no necesito que me salven -giró la cabeza hacia él. La luz dio de pleno en su piel porcelanosa y avivó sus iris avellana- ¿quién no necesita que le salven? -se incorporó- ¿a quién no le hace falta un empujón de vez en cuando? -volvió a tumbarse- pero no, esa no es la cuestión. Tampoco puede salvarte cualquiera, ¿sabes? -cruzó los dedos de ambas manos sobre su vientre- pero tampoco soy una inútil, ¿me explico? Puedo ser autosuficiente. Creo.

Volvió a mirar al techo, con el ceño fruncido.

—Ser bailarina es una parte de mí. Pero no es todo lo que soy.

Él entrecerró los ojos y abrió la boca por primera vez.

—¿Y qué eres?

Ella cogió aire y lo sostuvo durante todo el tiempo que le fue posible en los pulmones. Lo soltó poco a poco. Abrió mucho los ojos, mirándole, y finalmente encogió sus aparentemente frágiles hombros.

—No lo sé. Si no, ¿dónde estaría la gracia? ¿En qué pensaría a los ochenta cuando hiciera jerseys a mis nietos? -se encogió de hombros una vez más, esta vez, sí fue cisne; cisne altanero- y tampoco lo quiero saber todavía.

15.11.13

¿En qué momento relevé a Atlas?

Qué curiosa es la mente, ¿eh? 

Nacemos con ella. La llevamos de fábrica, pero, oh, no sabemos usarla. 

Resulta, que mientras yo creía moverme paulatinamente, con el mundo, el mundo y yo misma nos escapábamos de esa firme idea. Resulta, que mientras creía ser adulta y estar aprendiendo a ser independiente, la mayoría de edad y la independencia se reían de mí delante de mis narices. Sigo siendo una niña. Una niña crecidita que intenta ser mayor, pero que de repente un día, a las doce de la noche, se cansa de ser ella. «Llevo todo el día aquí, dentro de mí misma, a través de mis ojos, quiero dormir». De repente, un día, las cosas han ido más rápido de lo que pensaba y cuando me he parado a mirar, hasta yo he empezado a reírme menos.

«¿Qué me pasa?»

Que todo cambia. Que no te has dado cuenta. Que te toca digerirlo de golpe. Por lista.

Soy incapaz de ser totalmente independiente, pero, ¿qué demonios? ¿Hasta qué punto está bien ser capaz de vivir sin nadie que te rodee? Amo sostenerme en las tardes con mis amigos —aunque crezcamos, aunque cada uno se dedique a lo suyo, aunque cada uno tenga su vida—; amo sostenerme en la persona que quiero y no parar de hablar, porque ya seremos viejos para pelearnos por el mando a distancia; amo sostenerme en mi familia, en hacer rabiar al perro, en ver programas que no nos interesan a ninguno; amo sostenerme en mis pequeños textos, películas, libros, música, logros, pósters, olores, paseos, recuerdos. Amo todo eso. Y como soy una niña que odia ser completamente independiente, seguiré aferrándome a todo eso en la medida de lo posible. Porque no quiero ser adulta. No quiero estar sola. Nací sola y moriré sola. No quiero que lo que quede entre esos dos momentos sea también la soledad.

Soy una niña que llora cuando siente demasiado. Soy una niña que ríe cuando se da cuenta de que siente demasiado. Porque "estar de paso" no me impide vivir feliz, y mira, la apatía es para las piedras.

5.11.13

¿Qué tal el día, cielo?

No haré de nuestro cielo las vidas ajenas, ni las muertes ajenas.

No haré de nosotros un charco que llore, ni que las refleje.

Haré de nuestra vida un cielo que ilumine las aguas de otros cuando tampoco quieran reflejarse
en vidas ajenas,
en muertes ajenas,
ni convertirse en charco.

4.11.13

Not about dogs.

Cuando no tienes perro, no te fijas en la cantidad de ellos que hay en tu barrio. Ni siquiera en la raza, ni en sus dueños. Algunos son bonitos y te acercas a acariciarles, pero el mundo de las mascotas en ese momento te cae lejos.

De repente, un día, algo cerca de ti, de tu entorno, se rompe. No lo vives tú, pero sí gente a la que aprecias. Y ves el sufrimiento más cerca de lo que te gustaría. Lo acaricias como al perro del vecino. No es tuyo, pero en ese momento los dos os miráis. Os miráis el dolor y tú, y te preguntas si algún día, por desgracia, todo lo que ahora te parece entero, vivo y fuerte, como se lo parecía a otros antes, se romperá como se les ha roto a otros ahora.

Medías un metro cincuenta, o sesenta, o setenta, u ochenta, tal vez. Y ahora no mides nada.

Te has agazapado en tu miedo. En las posibilidades que flotan, porque para otros también flotaron y sobrevolaron como un buitre.

Y tiemblas. Tiemblas de frío. De ese frío que a veces sólo sale en las yemas de los dedos y en el sudor que se forma, sin querer, en tu frente. Pero a veces sólo aceptas un calor, el que resbala por tus mejillas cuando a tu mente, nublada, le apetece llover.

Sin embargo, cuando compras un perro no piensas en quién morirá antes, si tú, él, o los dos. Simplemente lo disfrutas cada día. Espero que el perro de mi vecino siga siendo el perro de mi vecino, y que el dolor no me toque a mí. Si viene tampoco podré evitarlo, pero llorarlo ahora no servirá de nada.

Y no estoy hablando de perros.

30.10.13

Hellven.

Encadenado de manos y pies, arrastraba el alma junto con el sonido de aquellos hierros que otros habían decidido como nueva prolongación de su cuerpo. Los harapos que le envolvían y su mirada triste no eran sino el reflejo de su pena, así como la manera en que vestía su casi inexistente pero infernal futuro. La tierra abría surcos, tímida y dócil bajo sus desganadas huellas, y su único consuelo era el sonido de un riachuelo cercano y las briznas de hierba desorientadas que se intercalaban entre sus desnudos dedos.

—Hemos llegado. Poneos en fila -ordenó un oficial- moveos, maldita sea. -Miró a alguien por encima de los hombros de sus prisioneros y sacudió la cabeza- podéis empezar a calentar el hierro.

Escudriñó a los seres que tenía delante de la cabeza a los pies y frunció el ceño con asco.

—Tenéis suerte, serviréis para algo... -escupió- ...de todos modos, la selección natural ya ha hecho su trabajo en ese barco -añadió, y musitó:- salvajes.
—Buenas tardes, oficial -saludó una voz fresca y joven a sus espaldas.
—Señorita Jenkins, un placer verla esta mañana. ¿Qué tal está su padre?

La señorita Jenkins era una muchachita del norte de cabellos áureos que jugueteaban entre sí formando unos aniñados tirabuzones que aprovechaban toda ocasión para botar junto a su rostro porcelanoso y suave. Sus ojos azules respondían perfectamente a los poemas de amor de cualquier escritor atrevido y su nariz respingona y labios carnosos no eran sino lo que se esperaba de la hija de un oficial. Era la belleza de la región. El encanto de todo verano y el calor ausente en invierno. Era típica. Era lo que otras querían ser. Era lo que todas eran en los colegios repipis de su tierra natal. Era una más... 

...hasta que su alma impecable, libre de dolor, topó con un alma ultrajada y maltratada. Cuando sus miradas se trenzaron en el aire y el oficial desaparició entre ellos quemado por sus chispas, sus ojos vívidos fueron un hálito de vida en aquel mortecino marrón. De pronto, dos corazones que hasta entonces habían estado parados, comenzaban a latir a la par.

—Recuperándose de la última batalla contra los franceses, pero una herida no podrá con su orgullo, usted bien lo sabe -volvió a la realidad. Sonrió inclinando la cabeza mientras se llevaba una mano al pecho.
—Me alegro. Pase buen día, señorita Jenkins.
—Igualmente, oficial -deseó.

Y deseó a aquel prisionero. 

Supo entonces que compartirían un lugar en los infiernos.

18.8.13

Rebeldía.

Que todos los días deberían ser así,
mientras su boca juega y sus puños gritan,
mientras su alma se alza y el corazón no achanta;
que todos los días deberían ser así,
fuego,
de ira,
de pasión,
de vida;
que todos los días deberían ser así.

1.8.13

—No lo harás.

«Estampó el libro contra el suelo rabiosa, herida, entera, afligida, contenta, suave, triste, histérica, alegre, furiosa, poderosa, cuerda, decidida, débil, elegante, inteligente, fuerte, cortante, r o t a, loca. Lo tiró con todos los sentimientos a la vez, como un torrente devastador de la más temida primavera en la montaña más calma y ajena. Y lo quemó. Lo quemó con saña. Lo quemó vacía. Lo quemó con ganas. Y amó el horror de sus miradas y la furia de sus chirriantes dientes. Y se amó por amarlo

26.6.13

«¿Tú te has enamorado alguna vez?»

Nunca habrás sido besado hasta que no te hayan besado el alma.
Líate con quien quieras.
Prueba los labios que te de la gana.
Véndete por un poco de amor de pega en cualquier cama.

Pero nunca te consideres besado si no te han besado el alma.
Si no han llenado de saliva tus miedos.
Si no han desinfectado con calma tus yagas.
Sé comprada con un poco de amor del bueno en la cama.

Y ríete de quienes pregonan su amor y no ser el mismo alma.
Apiádate de quienes hacen su oferta, y no hallan la demanda.

Pero nunca habrás sido besado hasta que no te hayan besado el alma.
Hasta que no te hayas preguntado quién eres.
Qué eres.
Qué haces por amar.
Y ser amado.
Véndete. Pero véndete bien.
No seas un sonajero de un todo a cien.
Si has de ser comprada, que te compren bien.

Y ríete de quienes dicen que el amor es una mierda.
Y apiádate de quienes dicen que el amor es una mierda.
Porque a ellos no les han besado el alma.
O se vendieron mal.
O les compraron mal.
Y confundieron el final de algo
con el final del amor.

El amor no muere. Cambia.

Y ríete del amor.
Y apiádate del amor.
Porque el amor se ha reído de ti.
Porque el amor se ha apiadado de ti.
Porque el amor te ha premiado a ti.
Porque el amor... ay, el amor.

El amor te ha besado el alma.

18.6.13

Hogar.

I would be tired. So tired after an exam. It would be a long, long day and I would get home looking down. I would just throw my bag in the floor and then just lie on the sofa while I see nothing but the white ceiling over my head. I would open my eyes back in life after an hour of a very needed siesta with your kiss in my forehead and your bright smile in front of my poor and fuzzy vision until it became sharp. And then my lips would fall in yours as my heart does every morning since I met you. And I would smile. 

The sun would be looking for our skin searching all around the room, just as we would do right there. In the sofa. While TV just shuts up. While the world just keeps moving as if there is something more important than we two. While people keep arguing about nothing relevant. While people keep driving down the road. While sounds keep pushing the windows.

And we would be nothing special but everything we could be. While the TV just watchs us. Then we would just take some ramen and sit in front of the computer to see a movie. Any movie. While the world just keeps moving as if there is something more important than we two. And we would tell each other how our day was and how awful our tasks are while people keep arguing about nothing relevant. And you would just do the washing while people keep driving down the road. And we would be the voices that keep pushing the windows, the walls, the sofa, the TV, the carpet, the kitchen, the bathroom, the bed of our home.

5.6.13

Ánimo.

Contra viento y marea, mi vendaval,
capea con ánimo el temporal.
Vendrá la calma, reirá el mar,
será el sol quien te vea volar.
Contra viento y marea, mi vendaval,
ríe, ríe y olvídate de la sal.

3.5.13

Té de S-)oledad.

Te aconsejo vivirlo de l e j o s
y dar cuanto te den.

Te aconsejo pies de plomo,
ojos secos, hoguera y té.

Te aconsejo lomo de gato,
arena en el alma, lisa piel.

Te desaconsejo ojos azules
y estrellas de mar.

Te desaconsejo amar con locura,
meterte al agua y vivir en la sal.

16.4.13

Se ha roto.

La oscuridad se había tragado el cielo y la tierra y su estómago apenas había emitido un leve ruido sordo y un cambio en la atmósfera. Un cambio que la instó a correr con todas sus fuerzas hasta un risco. Un risco que podría haberle supuesto la propia muerte pero que, cosas de la vida, conocía con la palma de sus pies. Podría el color negro haber gritado a medio palmo de su blanco corazón. Podría habérsela comido. Haber rumiado su alma y haberla convertido en el propio polvo de una tormenta de odio, y en aquella inmensidad incierta nadie habría advertido el cese de unos latidos que cabalgaban a horcajadas con las hebras de su pelo.

Un chasquido de luz.

Otro.

Unos cuantos más a lo lejos.

Y su corazón estallando con cada uno de ellos. Suspiró. Abrió mucho los ojos. Se dejó caer de rodillas ante un abismo ansioso por mecerla en sus débiles brazos y sus complicadas críticas a aquella piel suave y blanquecina, como de invierno solitario y vacío. Las piedras se clavaron en sus rodillas como pequeñas agujas impacientes por hacerla sentir algo que no fuese el desasosiego de la madurez, el peso de la responsabilidad y el angustioso lazo que apretaba su niñez.

—Se ha roto. Se ha roto la magia.

1.4.13

Ying, yang.

Para mí, la felicidad es el simple hecho de vivir

La felicidad, como la vida, entraña tanto cosas buenas como cosas malas. Sin cuesta arriba, no hay cuesta abajo, ¿no? Sin cosas peores, no hay cosas mejores; sin cosas tristes, no hay cosas alegres. Ying, yang

¿Cómo podríamos, sin cosas que nos gustaran menos, apreciar lo bello? ¿Cómo podríamos dar valor a la alegría si no hubiese un estado opuesto que nos recordara lo bien que nos hace sentir? Viviríamos en un estado neutro, carente de emoción, anodino.

He aprendido a apreciar la tierra y las plantas secas, el cierzo y mi propia ciudad cuando de buenas a primeras no me conmovieron (o tal vez no supe verlos) así como he aprendido a apreciar que los momentos más malos pueden ser parte de la mejor etapa de mi vida tanto como aquellos que, simplemente, son parte de la vida en sí misma. Porque sí, las idas y venidas, la falta y la abundancia, amar y amar menos, asustarse y estar seguro, respirar y no hacerlo, son también parte del vivir.

Si nos vienen tiempos difíciles (aunque no queramos), nos tocará recomponerlo como ese puzle de mil piezas (que tampoco pedimos) en Navidad. Esa frase que dicen nuestros padres los domingos por la mañana: «¡Quien vale para salir hasta tarde, vale para levantarse temprano a trabajar!» esconde a su vez que quien pide alegría, pide por consiguiente también una pequeña dosis de pena. Porque es necesaria y no es mala. Como no es malo sentirse triste, aturdido, enfadado o distraído. Porque, sencillamente, peor es no sentir, ser indiferente, pasar de todo, sudar de todo, que te importe una mierda todo. Porque todos somos parte de todo e ignorar al mundo es negarse a sentir el mundo, es negarse a sentirse a uno mismo. Y es una pena, porque convivimos con nosotros mismos para toda la vida (que también, incluso aquí, entraña la muerte).

15.3.13

...tal vez no bajaran la guardia durante demasiado tiempo.

«Era temprano. Al sol le costaba despuntar sus primeros rayos de sol en un horizonte incierto. Y eso era lo que preocupaba a Donovan Schat mientras gobernaba el barco a la par que gobernaba su vieja pipa. Había visto tantos horizontes y había pensado tanto mientras trataba de alcanzarlos como una quimera… Y es que en realidad eso eran los horizontes, ¿no? Quimeras. Ilusiones. Metas inalcanzables que huían de nuestros pasos. Tal vez ese era el encanto de los horizontes y también el de las metas: seguir navegando y no parar jamás. Vivir aspirando al máximo. Vivir.»

5.3.13

Autodefinidos.

A veces es como caminar en una vida ajena de la que he formado parte pero de la que no soy propietaria. Es extraño ver cómo los sofás tienen vuestra forma pero ya no estáis ahí. Cómo la casa tiene vuestra esencia, pero ya no la alimentáis. Cómo las paredes hablan de vosotros, pero ya no se oye vuestra voz.

«—¡Es la niña! —¡Ay, mi nieta, quita, que voy!»

Da igual cuántas veces limpies o cuántas cosas tires, ¿no? Cuando has llevado gafas durante mucho tiempo, al quitártelas todavía las sientes resbalar, y todavía llevas un dedo al puente de la nariz para colocarlas en su lugar. Las personas son así. Las sentimos cuando se han ido. Perduran sin darnos cuenta. Las buscamos sin querer. Las vemos donde no están y viven tanto como lo hagan los recuerdos.

«¿Te acordarás de nosotros?»

...a veces, incluso yo creo ser un recuerdo.

4.3.13

Are we humans, or are we dancers?

Lo peor es darse a las circunstancias cuando no puedes darte a otra cosa. Pero lo mejor es bailar con las circunstancias cuando no puedes bailar con otra cosa. Porque, si "yo soy yo y mi circunstancia", como decía Ortega y Gasset, poco sentido tendría enfadarse o luchar contra uno mismo, ¿no? Es autodestructivo. Es insano. Es lo último.

Y supongo que en eso reside ser optimista. No es alejarse de la realidad hasta el punto en que te ciegas por un velo de color y sólo ves lo que te interesa ver. Ser optimista consiste precisamente en aceptar tanto lo bueno como aquello que llamamos "malo", y comprender que lo malo no es malo, sino circunstancial. Una circunstancia con la que nos toca vivir en determinado momento y lugar, de determinada manera. 

La única cosa "mala" es morir, porque no puedes darle solución y en la mayoría de los casos no está en nuestra mano. Lo demás son imperfecciones de la pista de baile a las que hay que amoldar el pie.

1.3.13

Pequeño navegante de historias.



            —¡No pueden alcanzarnos, maldita sea! –bramó. El oleaje les mecía cada vez con mayor brusquedad bajo aquella atmósfera aborrascada intentando echarlos de su territorio o destruirlos antes de que lo hicieran ellos mismos.

            Manejaba el timón con fuerza y decisión, llevando el barco a babor sin dudarlo un instante mientras era consciente de que otra embarcación estaba a punto de colocarse a su altura a estribor listo para el ataque. Tal vez aquello sólo era alargar la agonía y debían enfrentarse de una vez por todas en una lucha cuerpo a cuerpo contra aquellos piratas, pero el capitán jamás se rendiría tan pronto. Cuanto más ilesos salieran sus hombres de aquella batalla, mejor; y cuantos más hombres sobrevivieran a aquella batalla, mejor. El cielo tronó amenazador sobre sus cabezas, y no tardó en descargar sus aguas en aquella bélica escena, como si quisiera complicar más las cosas. Agua sobre agua. Ira sobre ira.

            —¡Al abordaje! –pudieron escuchar los marineros en popa.

            Pronto, los hombres se habían colocado en posición con sus espadas en alto y recibían a los visitantes con contundentes estacadas. No luchaban como los más distinguidos espadachines del reino, pero luchaban como los más distinguidos supervivientes del mar en una época donde muchos vivían de las vidas de otros, lo cual les proporcionaba cierta experiencia.

            —¡Cuidado, Donovan! ¡Donovan! –chilló uno de ellos a su compañero.
            —¡No me distraigas! ¡Estamos en medio de una batalla!
            —¡Le vas a dar a tu madre, idiota!

            El joven retrocedió un par de pasos buscándola con la mirada y su espalda topó con el vientre de la mujer, que llevaba un brazo en jarra y el otro sosteniendo una cesta.

            —Vamos, pequeño Francis Drake, que vas a coger un buen catarro –tenía aquella media sonrisa que la hacía parecer divertida y severa a la vez.
            —¿Francis Drake? ¡No, mamá! ¡Él era un pirata! ¡Yo seré un marinero honrado!

            Ella rió de aquella manera tan suave que la caracterizaba, echando la cabeza hacia atrás.

            —Ay, cariño, si todos pensaran como tú… la honradez ha sido el peor virus de muchos navegantes –torció la cabeza con expresión tierna-. Vamos, entra en casa –el pequeño hizo un gesto a sus compañeros a modo de despedida antes de soltar el palo que usaba a modo de estoque- y vosotros deberíais hacer lo mismo, muchachos, vuestras madres se pondrán furiosas si llegáis empapados a casa.

            Los chicos asintieron y desaparecieron como alma que lleva al diablo, alejándose mientras corrían de aquella céntrica placita y perdiéndose entre carcajadas por las pequeñas callecitas de la ciudad.

            Dentro, Donovan se había sentado frente a la chimenea rodeado por una manta de borrego mientras fijaba sus profundos ojos azules en el caliente crepitar. Era el único lugar donde agua y fuego eran compatibles: cuando éste se reflejaba en el mar de sus ojos.

            Su madre se sentó en el suelo de madera junto a él, con una mano tomó con ternura el rostro de su hijo y le dio un beso en la cabeza, acariciando después con los labios aquella seda negra que tenía por cabello. En momentos como aquel, cuando ambos extendían las manos y sus mofletes ardían en comodidad, parecía que nada en el mundo pudiera ir mal. Y es que de hecho, el pequeño mundo de Donovan giraba en torno a cuatro cosas esenciales: sus padres, su pueblo, sus amigos y el mar. Esa era toda su felicidad.

            —Mamá, ¿crees que lo conseguiré, que seré un gran marinero?
            —Cielo, no dudo que lo conseguirás si de verdad es lo que quieres… pero la vida da muchas vueltas y hay muchos oficios. Ese es muy peligroso.
            —Pero si papá y tú siempre andáis relatando historias del mar.
—Tal vez por eso tenemos miedo: porque sabemos demasiado.
—Bah –bufó- además, hay una que nunca has terminado de contarme.
            —¿Cuál? –acarició cariñosamente su pelo.
            —La tuya.

            Esbozó una media sonrisa.

            —Está bien. Coge un trozo de pan… -se asomó al pie de las escaleras- ¡Nicholas, baja, zarpamos!


31.1.13

Stormraider.

Déjame nadar en tu ausencia más llena, en tu olor más presente.
Seamos la contradicción del cielo, la pesadilla de este suelo;
el aroma de la calma, el susurro más vivo de la duda más inerte,
déjame volar mientras las calles están vacías y el miedo ausente.

Méceme en tu invierno traicionero, en tu sueño de balbuceo incoherente.
Enrédame en el vaivén de tus secretos, en lo más grande de un mensaje escueto;
en un silencio menos mío, en nuestro dulce arrullo impaciente,
y enséñame a operar la ecuación de estos corazones que no mienten.

Seamos el mejor arpa del Sáhara, el mejor viento de enero,
las ciudades fortificadas, la magia de aquellos que sienten,
la escritura viva, la respiración agitada, el alma inquieta,
seamos el tiempo que vuela.

Y si tenemos que ser,
o no ser,
o ser sin ser
o sin ser, ser,
sea como fuere,
fuere como sea,
seamos tormenta.




16.1.13

Cosy.

Encaramada al mar como estaba, dejó su pelo al aire mientras susurraba al viento con aquella infantil sonrisa, que un día de otoño le había robado su miedo al invierno. Que se lo había arrebatado a golpe de caricia, y que sus latidos naranjas se habían enredado en su pelo de fuego. Había descubierto cómo burlar el falso sol de diciembre cubriendo a carcajadas aquel cielo que le hacía cosquillas en el costado, rasgando el silencio con las palabras de un universo oculto entre canción y canción, y guardando entre las sábanas los secretos de un océano de nubes.

Había descubierto entre las cosas más comunes, la cosa más excepcional.

7.1.13

Soulmate.

¿Y si esa persona que ahora significa todo tu consciente, estuvo alguna vez, durante mucho tiempo, almacenada en tu subconsciente?

Las personas son como libros. Libros ocultos entre otros libros en bibliotecas repartidas por todo el mundo. Podrás conocer "los mejores", "los más famosos", "los más vendidos", "los más recomendables", pero un día repararás en el lomo o la portada de uno que llevas años mirando y nunca has leído. O te lanzarás a por el que parecía estar llamándote desde que posaste tus ojos en aquella estantería. Pasarás las páginas y terminarán de escribirse según tu mirada acaricie sus páginas. Te verás descrito en sus hojas. Será tu libro. Y, de alguna manera, contará tu historia como tú contarás la suya.